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Poder y pavor en Cataluña

Published on 18th July 2019

Reflexiones de una estudiante danesa sobre la lógica detrás del boicoteo estudiantil y los abusos institucionales en Cataluña. ¿Está de veras superada la dictadura de antaño? ¿O la lleva cada uno dentro como un corsé que limita las libertades de una sociedad democrática y moderna?

POR SARA HØYRUP

Más allá de los divisorios binomios de soberanista/constitucionalista o separatista/unionista hay una sociedad salida como un hombre-bala soberbio y brillante de una dictadura gris. España no tardó nada en hacerse hipermoderno y ponerse al nivel democrático de esa Europa que en su día había abandonado el país ibérico a su suerte. Y sin embargo vislumbro en el presente unos mecanismos que sólo sé explicarme como la normalización del abuso de poder: la internalización de una jerarquía inclemente.

Para verlo hay que meterse en líos, y para eso tienen ustedes a una servidora. Me hice periodista para contar lo de Cataluña en mi tierra de origen, aquel Dinamarca del Norte que dicen admirar los que quieren hacer país de la región nordeste de España. Un par de años más tarde, la prensa y el público en el extranjero siguen igual de enamorados de la bonica narrativa de un pueblo reprimido y rebelde, y yo sigo dando la lata protestando en viva voz contra los falsos postulados de la máquina de propaganda.

¿Faltaría más, no? Pues no. Mal hecho. Por todo se paga un precio. Y yo parezco ser la única en no darme cuenta, en no dar crédito. Por muy filóloga de Hispánicas que soy, y por mucho que llevo media vida adulta entre el Arco de Triunfo y el Raval: rincones de mi alma siguen siendo tan guiris como el primer día de desconocimiento total.

En las aulas

Para aclarar conceptos, obtener herramientas y un título, me inscribí en un máster de periodismo de política internacional que me costó un ojo de la cara. Ya sabía yo que la universidad que ofrecía el título tiene fama de ser de color amarillo, pero soy una ingenua, ya digo, y confiaba en que el mundo académico sabría resistirse a presiones políticas.

El profesorado del centro de másteres era ciertamente bastante monocolor, pero objetivo en su enseñanza. Hubo incluso sorpresas gratas como los profesores que desmontaban con argumentos sólidos el cuento rupturista. “Pero claro, ese artículo no lo voy a escribir nunca,” añadió uno de ellos. Y dirigiéndose a mí: “No quiero que salga de esta clase lo que digo.” Hasta los librepensadores tienen miedo.

Peor fue con las nuevas generaciones: las que han crecido en las aulas catalanas o vascas, donde han aprendido a pensar de una cierta manera, o a callar. Se han educado en la fe de que para ser de izquierdas hay que ser soberanista de algún pueblo que se autoestila el elegido, y creen de pies juntillas que es de progresista callarle la boca y pararle los pies al que discrepe.

Porque eso es lo falsamente normal en la España actual.

Me encontré en seguida con varias situaciones de boicoteo: ese eufemismo que demuestra hasta qué punto ha enfermizado el debate democrático en ciertas autonomías. Llamaron perezosos a mi hijo y a mí por “no saber catalán” (inventos de ellas), cuando conté las nefastas consecuencias de la escuela monolingüe. Me interrumpieron si no les gustaba lo que decía. Llegaron a abuchearme cuando estaba a la pizarra presentando una portada del diario Ara, porque tuve la jeta de comentar que un titular obviaba la división de poderes. No lo hice tanto como unionista, que también, como en base a mi experiencia como intérprete de tribunales y fiscalías en tres países durante casi dos décadas.

Yo monté un pollo cada vez que me increparon y trataron de acallarme. Para algo una ya tiene una edad. Puse el grito en el cielo y defendí mi derecho de no dejar mi libre pensamiento inhibir por una pandilla de niñatas defensoras del pensamiento único. Los profesores nunca dijeron nada hasta que no protestara yo: entonces invitaron a la calma. No a la libertad de pensamiento.

Hubo una connivencia entre el centro amarillo y su populación estudiantil dominantemente amarillo, y no llamó la atención el acoso ideológico, porque tenía el mismo color que el trasfondo. Pedí ayuda en tres ocasiones a los profesores y al director de estudios. Todos muy amables; y todos sin hacer absolutamente nada para asegurar un espacio de aprendizaje donde poderse preparar como Dios manda para ejercer el periodismo político con criterio, y sin temor a opiniones distintos de los de uno mismo.

Profesiones vendidos

O tal vez es justamente así como se enseña el periodismo hoy día por estos lares: dejando que sea la mayoría social la que dicta lo que se puede pensar y decir en voz alta. Y luego hay lo que hay: periodistas militando en partidos políticos o en asociaciones identitarios que ejercen poder político. Periodistas que no practican periodismo, sino lobismo por una causa que creen noble y les paga el pan a tanta gente, mientras los periodistas independientes nos morimos de hambre en el precariado. O claudicamos y dejamos el gremio para poder alimentar a nuestros hijos.

Y los periodistas-lobistas no son los únicos en venderse sonriendo de oreja a oreja, bandera en mano. Como supe luego, el máximo poder en el centro privado adscrito a la universidad pública donde estudié, es un economista que durante el procés aseguraba públicamente que bajo ningún concepto las empresas huirían de Cataluña por el mero tambaleo de una ruptura del marco del Estado español. Vaticina algo que hasta yo, que apenas sé controlar mi cuenta bancaria, sé a ciencia cierta es equivocado; y le consideran tan gran ¿académico? que debe liderar un centro de alta enseñanza. Todo normal. Esto es Cataluña. Que no te debe sorprender, nena, me dicen mis amigos.

Pero me sorprende, y no pienso acostumbrarme.

En el centro donde estudié y terminé mi máster sin obtener el título que me había currado, el futuro precariado pagan fácilmente casi diez mil euros por un título que ni siquiera es reconocido por el relevante ministerio estatal. Dinero que muchos en su vida van a ganar ejerciendo las profesiones que ahí se enseñan. “Traducción literaria” es quizá la que menos pan dará, y la verdadera preparación para ella es estudiar filología e bañarse a fondo en otras lenguas y otros cultures en otros lugares; pero eso no se les avisa antes de pagar (sus papás).

Está claro que trabajar honestamente no vale la pena en Cataluña. Venderse a una causa regente en cambio, sí. Tampoco no faltan los de fuera que se apuntan (entre ellos varios compatriotos míos), y se dejan emplear por la maquinaria ideológica, orgullosos de defender la causa de los oprimidos, o simplemente dejarse pagar sus gastos de viaje con el dinero público de todos.

Provocando

Como el centro de enseñanza no defendía mis derechos que se vulneraron día sí y día también en la presencia del personal académico, pedí a la jefa de la colla, una joven proveniente de un pueblo de Gerona, que dejase el acoso. No cabía en sí de asombro: “Pero si yo siempre me pongo del lado del acosado.” Y de hecho ella me caía muy bien, acoso aparte.

Con afán de explicar su postura me dijo que “tú también me molestas a mí. Siempre dices ‘separatismo’ cuando existe una palabra tan bonita como el ‘soberanismo’”.

Más clara todavía fue la chiquitina chavala del País Vasco con apellido español: “Te has dedicado el año entero a provocar.” Provocar, ¿cómo? “Mencionas Cataluña.”

O sea, los nacionalistas periféricos malgastan el dinero de todos en “internacionalizar la causa” y comerle el coco al mundo mundial con la cuestión catalana o la liberación vasca; y luego cuando de verdad toca hablar de política, pretenden que sea tabú. Y van los futuros periodistas y blindan esta lógica con su ciego apoyo, y una expresión victimista-agresiva venida del País Vasco de los miedos. Que por cierto, tras 17 años traduciendo las burradas que dice la gente para defender sus crímenes, me consta que toda violencia doméstica y hasta los feminicidios se explican así: es que ella provocaba.

Periodismo de segunda mano

Total, un desastre tener a una danesa de la vieja escuela en las aulas catalanas donde tan bien se lo pasan todos mientras nadie discrepa. Los pocos varones en clase no eran del fem pais, ese nation-building catalana; pero tampoco se atrevieron a contrarrestarlo delante de tanta fémina convencida de tener razón. La única razón.

Y vinieron tiempos peores. Presenté una queja formal por las prácticas adjudicadas que me tocaban porque “te hemos buscado un sitio ideal para tí y para tu carácter”: explicar Latinoamérica (donde nunca he estado) para los latinoamericanos desde Barcelona, sin poner pie en la redacción ni conocer en persona a mi mentor, y sin poderme permitir hacer siquiera una llamada telefónica a las fuentes. Periodismo de segunda mano sería. Aparcada donde no podía hacer daño.

Ay de mí. En respuesta a mi queja fui convocada a una reunión con el decano del centro, el economista-adivino que se mostró ser un alto político del nacionalismo en la región. Danesa que soy, me presenté a solas pensando que la intención del decano era dar respuesta a mi queja. Poco sabía yo lo que aquí se acepta como normal: que el nivel más alto de las instituciones de enseñanza es político, no académico.

Yo había pedido la participación del director de estudios; pero como vería más adelante, este hombre de buenas intenciones siempre encontraba una excusa para no defender a su estudiante. Ni siquiera insistió en ejercer sus propias competencias que fueron constantemente minados tanto por la secretaría kafkiana como por el máximo jefe del centro. Y eso que él, al igual que yo, viene de otra tradición académica. Los guiris que triunfan en Cataluña son los que se adaptan a la lógica local.

La reunión-emboscada

Una vez sentada, no tardé en darme cuenta de la farsa. El decano tenía consigo unas hojas con notas que leía en voz alta sin mirarme. Habían edificado una causa casi penal contra mí: un relato en él que la criminal, el chorizo, la macarra, la maleducada fui yo. No le interesaba al máximo jefe solucionar nada, ni escuchar lo que yo tenía que decir. Había un muro de prepotencia entre nosotros a través del cual cualquier vero diálogo era imposible.

Eso sí: quería practicar su inglés. Me desdeñó mi castellano y quería que hablásemos en una lengua que dudo mucho él domine mejor que yo domino la lengua de Cervantes. Y así le dije, ante el escándalo de la otra persona en la sala. Porque consigo tenía el decano una señora que le hacía de secretaria nerviosa, instándome modales con el espanto pintado en la cara por mi falta de humildad: “Tienes que estar agradecida. ¿No ves que el decano te dedica su tiempo?”

I tan. Me dedicó una bronca descomunal espetado con un frío polar, me trató de guiri y de subordinada, se declaró personalmente insultado, el pobre, por mi vocabulario menos pijo que el suyo, y me acusó textualmente de haber “acosado, maltratado y amenazado” a todos: estudiantes, profesores y secretarias. Yo solita.

Algo ha ido mal en la divulgación en Cataluña del concepto del bullying, como para que el jefe de una institución académica pretenda que el acoso se puede ejercer desde una posición de minoría y de dependencia, hacia el grupo y hacia los que deciden si uno obtiene su título o no.

Mala imagen

No fue menos alucinante (al menos para una danesa) todo lo que seguía: el decano terminó amenazando con expulsarme, yo presenté queja al rectorado de la universidad pública esa misma noche, ésta no tardó ni una hora laboral la mañana siguiente en dictaminar que el decano me había dado “un trato irreprochable”; y al final del día yo ya estaba expulsada sin acceso a recurso. ¿Por qué? Por mala estudiante … y por hablar mucho en Facebook.

Yo soy una estudiante cumplidora, activa y capaz, y había por supuesto entregado y aprobado todo. Y eso mismo seguía insistiendo en hacer después de la expulsión contraria a toda normativa. Entregué hasta el trabajo final de curso que, como ya sabía el centro, trataba de cómo Diplocat ha funcionado como una rueda dentada en la máquina propagandística.

Tengo un 9 ½ de nota en el sistema español del 1 al 10 por unas prácticas hechas para una revista danesa de alto estanding. Ésta es mi tercer máster, y estudié con jóvenes que creían que “musulmán” e “islamista” es lo mismo. Así que obviamente las cosas no iban por ahí.

“Nos dejas mal en las redes sociales”, me dijo la institución. Home. Una tiene su libertad de expresión, ¿o no? Yo había convertido lo vivido en las aulas en parte de mi proyecto periodístico de describir la Cataluña actual, y contaba el ambiente amarillente que ahí se desarrollaba. Fue mi manera de aguantar el acoso estudiantil y la falta de protección por parte de la institución.

Pero se ve que eso no se considera normal aquí. “¡Cuidado!” me decían los que desean lo mejor para mí. Yo había recibido una beca por talento por parte de la fundación que lleva el centro, y contaban con haberme comprado y poderme obligar a hablar bonito de ellos para siempre jamás. Me amenazaban con causas civiles y penales, confundiendo la crítica y la mera descripción con la difamación criminal. ¿A que suena a tiempos antiguos?

Cuando protesté a la universidad por la vulneración de mis derechos como estudiante y en tanto a cliente, esta institución pública se desvinculó de su propio centro y me hizo saber que éste podía hacer lo que le daba la santa gana. No necesita cumplir con unos mínimos garantías como el derecho al recurso, o que la sanción tiene que ser proporcional y basarse en un mal comportamiento real, no ficticia. En un Estado de Derecho, no se puede ir por ahí echando a gente a modo de venganza o para impedir que ejercen su oficio con éxito.

Pese a lo repentinamente tenue del vínculo institucional cuelga una pancarta con el nombre de la universidad en enormes letras en la fachada del centro. Me fijé porque seguía yendo a clase, negándome a aceptar mi condición de expulsada. Nadie sabía cómo reaccionar. Cada día temía ser echada por los guardias. La cobardía moral a mi alrededor fue para perder la fe en la humanidad. Fueron meses de marginación social total y sí: rebeldía de la de veras.

El dominio

Yo seguía contando el periplo en las redes: dar fe de la injusticia y el esperpento fue mi único escudo y arma. No podía pagar un abogado, ni tengo derecho a uno de oficio. Mi única esperanza era que una de las asociaciones unionistas tomaron mi caso, y así fue. La más grande de todas me pusieron un letrado pro bono, miembro de su junta. Era un hombre atareado que me atendía de malas ganas y no dio mucho batalla a la parte adversa, representada por una abogada muy poderosa. El centro no ahorraba cuando trataba de dejar claro quién tiene el sartén por el mango.

Mi abogado aceptó su exigencia de que yo viniera a otra reunión-emboscada a firmar un documento que no me dejaban ver de antemano. “Si ya lo he visto yo,” me dijo con lógica paternalista, haciendo ver que era normal. Pero normal no es.

“Todos están en tu contra,” me dijo. Pues que yo sepa no. Pero claro que le conviene al adversario hacérmelo creer para hundir mi ánimo.

“Te pintan de loca,” insistió. Vaya. Y ¿para qué me lo cuentas así de brusco si estás de mi lado?

“No montes un espectáculo,” me espetó cuando me había hecho llorar, fragil como estaba porque es más duro de lo que uno imagina que nadie te saluda y nadie te mira a los ojos.

“Lo que hago contigo es un servicio social” repetía. O sea, caridad. Y yo que pensaba que era por solidariedad.

“Tienes que bajarte los pantalones,” me llegó a decir con referencia a las condiciones indignas que me ofrecía el centro para obtener mi título: oferta que tan solamente surgió una vez veían que yo no me dejaba expulsar por ejercer mi libertad de expresión. Pues yo no soy muy de dejarme humillar sin rechistar, ni me parece muy adecuada la imagen de la desnudez dispuesta a dejarse abusar.

“Tú no has sufrido ningún acoso” acabó dictaminando el abogado unionista ante mi asombro. Y ahí ya ví que yo estaba sola del todo. Había entrado en otra lógica del juego de poder, donde por alguna razón le inspiraba en mi propio abogado las ganas de doblegar mi voluntad, no las de ayudarme. Este abogado representaba a mi adversario delante de mí, no a mí delante del poderoso centro.

(Luego me cayó del cielo un abogado pro bono que sí era solidario y sí hacía su trabajo; y llegamos a un acuerdo que me impide revelar su contenido o mencionar nombres.)

Lo normal

Este ejemplo rocambolesco de la Cataluña actual muestra que se han normalizado cosas que no son normales en una sociedad sana. No es normal que una institución académica permita el acoso ideológico y no aguante la crítica pública. No es normal usar sanciones histéricas en reacción a quejas fundadas. No es normal el boicot estudiantil, y el abuso de poder impune. No es normal que una universidad no se responsabilice por lo que hace su sección de másteres, o que se confunda todo en un entramado opaca entre lo público y lo privado. No es normal tratar de someter a una estudiante y cliente amenazando con la ley penal.

No lo es.

Tampoco es normal que la rebeldía juvenil siga las líneas dictadas por el poder. No es normal que quien piensa distinto no se atreve a decir su opinión en clase. No es normal nada de todo esto.

Y yo tengo para mí que para que esto resulte normal, y para que sea ingenuo esperar otra cosa, algo hay que no se acaba de sanear desde los tiempos oscuros. Un miedo, una cautela, un oportunismo, un adaptarse a cualquiera cosa y marginar al disidente.

Invito a la rebelión verdadera: contra el poder abusivo y la ignorancia que se cree lista. Contra la injusticia descarada y la manipulación prepotente. Por una normalidad sana.///



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