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Fragmentación y burbujas el 26–M

Published on 28th May 2019 POR SARA HØYRUP

Lo más destacable de los comicios europeos el pasado domingo es tal vez la relativamente alta participación, que llegó a niveles no visto durante cinco lustros sin entusiasmo electoral. Voces oficiosas de las instituciones lo descifran como una expresión de una nueva consciencia civil de que la política comunitaria importa. Destacan Brexit y los cambios climáticos como amenazas con efecto despertador en un continente donde siempre ha costado comunicar el papel de la Unión Europea.

Lo cierto es que el mucho vaivén de si Brexit sí o Brexit no, y Brexit blando o Brexit duro han hecho a los británicos significarse y votar en mayor medida que antes para partidos claramente Leavers o Remainers: para el afamado Nigel Farage del xenófobo UKIP para salir como sea y cuanto antes de la Unión, o para los hasta ahora insignificantes liberales o verdes. Los británicos pudieron votar porque se ha alargado la fecha límite en otoño de un acuerdo para la salida británica de la unión.

La misma tendencia se ve en los resultados conjuntos: pierden los laboristas y los conservadores, y ganan el grupo liberal y los partidos verdes, que por su parte están dispersados entre dos grupos. Y es que ser ecologista no es necesariamente de centro-izquierda, como suele ser percibido y clasificado. Puede bien ser una opción que casa con una ideología reaccionaria, como expresa la famosa serie distópica El cuento de la criada donde fuerzas totalitarias han cometido un golpe de estado para introducir un régimen fundamentalista con preocupaciones ecologistas.

Y mientras los verdes parece la respuesta obvia al desafío de los cambios políticos, pero son indescifrables en otros asuntos, los liberales representan en algunos países una contrafuerza a la política identitaria que arrasa estos años. LibDems quiere un nuevo referendum. Ciudadanos lleva la bandera unionista contra el proyecto rupturista de los separatistas catalanes. El partido danés de la comisaria de Competencia, Margrethe Vestager, tiene una agenda más humanitaria para con refugiados e inmigrantes que los socialistas daneses.

Y es que éstos –junto con los otros liberales daneses– se han subido al carro xenófobo en un vano intento de parar la hemorragia de votos a los socialistas nacionales que abogan por un Estado de bienestar reservados para daneses puros: partido que justo en estos días se está quedando de repente insignificante, combatido por partidos todavía más ultras.

Vestager del grupo ALDE es candidata para presidir la Comisión: una de los cinco puestos claves donde habrá sustituciones. Es una política seria y respetada que ha dado batalla a los grandes multinacionales. No necesita argumentar, como hace ahora, con que ”ya toca que preside la Comisión una mujer”: nunca antes había pedido quotas por género. El puesto como presidente de la Comisión es el más alto en el confuso entramado de la Unión, y en principio no se debe ver en clave de nacionalidad sino que se entiende que todos los altos políticos europeos obran para el bien común.

España por su parte espera reconquistar como país grande su papel de peso en la Unión Europea cuando sale –si es que sale– el Reino Unido, y propone al veterano socialista Josep Borrell para vicepresidente de la Comisión. El presidente español, Pedro Sánchez, le habrá mandado a las esferas comunitarias para liberarse en la escena doméstica de su figura incómoda. Así lo entienden al menos los unionistas en Cataluña, que tienen más fe en Borrell que en su partido socialista. Si bien es cierto que Sánchez parece haberse hartado de tratar de apaciguar a los nacionalistas catalanes, y que desde el 28–A ya no depende de ellos, el catalán Borrell es considerado botifler (traidor) por los identitarios de su región. Vuelve al parlamento europeo que ya en su día presidió.

Socialistas y conservadores siguen siendo los partidos más votados en Europa, pese a que en el este dominan los partidos euroescépticos y xenófobos. La grande coalición entre los dos partidos tradicionales ya no será posible sin el apoyo clave de los liberales, o de una combinación del sínfin de partidos más pequeños. En Europa, la vieja política ha dejado paso a unas burbujas que se hinchan y luego se pinchan (véanse Podemos o UKIP, o incluso Ciudadanos), pero tan sólo para dejar paso a otras burbujas. Se acabó el bipartidismo.///



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